lunes, 29 de diciembre de 2008

ROMPEMUROS: Informe de errores

Jugando con la Banda de El Cairo en el mundo de Juego de Tronos (con el sistema d20 de la Dragon Magazine) decidí contar parte de la historia con pequeños relatos de la compañía de mercenarios con la que jugábamos 'Los Rompemuros' empezando, por esta que supuso la pérdida de cuatro dedos de mi personaje y aprovechando para presentar parte de su historia.
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Si algo he de agradecerle a mi padre es que durmiera la borrachera durante días después de entregar cadáveres frescos al Maestre. Patético hombrecillo sin estómago pese a su vida como ladrón de tumbas. Era de esos hombres pusilánimes y alcohólicos que esperan un golpe de suerte en un trabajo que detestan, de tal modo que si teníamos fortuna entre los restos de un ricachón dejaba el negocio durante una temporada hasta que la necesidad de vino lo acuciaba y volvíamos a las andadas.
El encuentro con el Maestre cambió nuestras vidas, dejando los saqueos pecuniarios para ocasiones desesperadas y centrándonos en la búsqueda de cuerpos frescos para sus experimentos. Pagaba hasta 2 Dragones de oro por un cuerpo reciente, lo que hacía que mi padre venciera momentáneamente su asco y aplacara sus fantasmas a posteriori bebiéndose el dinero y desapareciendo en las callejuelas del Lecho de pulgas. En esas semanas de ausencia paterna, quedaba en la mazmorra del Maestre pagando mi sustento con trabajo. Este personaje, caído en desgracia años atrás, tomo a su cargo enseñarme las primeras letras para que dejara constancia por escrito de sus experimentos que el llamaba disecciones y yo carnicerías.
Así pues, mi padre borracho me llevo al Maestre y este a las letras que ahora, en mi convalecencia, me sirven de vía de escape mientras me recupero. Empiezo aquí una crónica de las andanzas de los Rompemuros, que es como decir de las mías propias. Pido disculpas de antemano a los posibles lectores - recurso era muy utilizado en los prólogos de los libros de los Septones con los que aprendí a leer- por los errores que seguro que cometeré y doy las gracias al doctor que me facilitó material de escritura y sabios consejos.
Con mi poca experiencia como narrador empezaré por la última aventura en la que nos vimos envueltos, más fresca en mi recuerdo puesto que todavía no ha concluido y en la que perdí cuatro dedos de mi mano izquierda, motivo por el cual estoy postrado en el carromato de heridos quien sabe por cuanto tiempo. Aventura a la que he dado en llamar ‘INFORME DE ERRORES’.

Nos dispusimos para una misión de exploración hacia una cueva en donde un grupo de bandidos, mandados por un tyroshy, retenía a mujeres y niños para obligar a sus hombres a ejercer de asaltantes de caminos, cosa que los aldeanos intentaron hacer malamente al topar con la avanzada de los Rompemuros, o sea, nosotros.
Un aldeano suplicante, superviviente de la refriega, nos llevaría a la cueva, así que recluté cuatro voluntarios entre mis chicos. A saber, el joven Carcasa, Juan Piedra, Martín y Felix ‘el Gordo’. A los que se unieron con diversos grados de entusiasmo tres de los veteranos: Maese Tenmar, nuestro jefe de ingenieros, muy entusiasmado; Gregor el matasanos, con un entusiasmo escéptico, no es muy dado a los excesos; Nicomedes, experto incursor, con ningún entusiasmo y protestando continuamente entre dientes, como en él es habitual.
Mucho hay que agradecer al doctor en esta expedición, mi propia vida, que no es lo de menos y sus insospechadas habilidades como rastreador que le llevaron a descubrir las huellas de otro grupo -unos quince hombres con carga- que cruzaron nuestra dirección horas antes. Considerémoslo como primer error de este informe, no el hecho de que el doctor se revelara, sorprendentemente, como hábil explorador, sino que Gundebando, nuestro experto explorador quedara en la columna durante una exploración.
Dejamos este rastro para un posterior análisis y seguimos camino hasta encontrar una cárcava que descendía, según el campesino, a la entrada de la cueva. No se si incluir como segundo error el plan que seguimos a continuación, o dejarlo simplemente como una desafortunada elección. Sea como fuere una vez avistado el barranco, los cuatro ‘Avispones’, Gregor y el campesino -malditos sean los Siete si me acuerdo de su nombre- quedaron en retaguardia, yo mismo avance veinte metros como enlace y nuestro valiente jefe de ingenieros y Nicomedes, refunfuñando, se arrastraron hacia la cueva.
He tenido tiempo de reflexionar sobre nuestro asalto e informarme de las acciones que no viví personalmente y aunque el resumen de la acción pueda resultar un tanto extenso, lo es en aras de una más certera verosimilitud.
Teníamos a Maese Tenmar y a Nicomedes avanzando a cubierto hacia la boca de la cueva, vislumbraron un vigía en lo alto pero decidieron que no era suficientemente importante y siguieron adelante confiando en que no les hubiera visto. Así llegaron a la boca de la cueva y por algún motivo que no alcanzo a comprender –considerémoslo, ahora si, el segundo error de la jornada- entró nuestro jefe de ingenieros quedando el asesino incursor, maestro de las sombras, infiltrador avezado, rajagargantas profesional, asustaniños y muy precavido compañero cubriéndole las espaldas y, aunque yo no estaba allí, estoy seguro que protestaba sin parar. El resultado era previsible, Maese Tenmar no llevaba su ballista y no fue capaz de acabar con el obvio centinela a la primera, a partir de ahí los hechos se sucedieron con rapidez. Maese Tenmar se lanzó a correr a ciegas cueva adentro para rescatar a los prisioneros, Nicomedes siguió cubriéndole las espaldas y con el grito de alarma mis Avispones se lanzaron a la carga. Llegaron a mi posición, dos de ellos siguieron hacia la cueva como refuerzo –se me paso por la cabeza lo que diría Ser Viktor si volvíamos con el ingeniero troceado- mande a Felix ‘el gordo’ por el flanco derecho y yo fui con el joven Carcasa por la izquierda, rodeando la cueva desde las alturas para cubrir un posible salida adicional.
Lo que sucedió dentro de la cueva, el paseo en tinieblas, la zanja sin fondo y la puerta que se abría hacia donde no debía, bien podría ser el argumento cómico de una comedia de enredo de las que veía en las plazuelas de Desembarco del Rey cuando chico, si no fuera porque los bandidos decidieron acabar con los prisioneros a flechazos provocando una estampida que arrolló a los valientes incursores Rompemuros. Seguro que cuando pisemos una posada decente el vino y la cerveza harán de este episodio un relato jocoso, que entrara a formar parte del anecdotario de la compañía.
Mientras, en el exterior, avanzaba con Carcasa para toparnos con dos arqueros que decidieron obsequiarnos con una lluvia de flechas. Carcasa cargó contra ellos espoleado por su juventud, yo, con el arco en la mano, me dedique a hacer puntería a contraluz. Una vez finiquitado el asunto y lamentando la perdida de dos posibles reclutas con arco para la compañía, descubrimos una salida adicional de la cueva por la que se escapaban los bandidos. El lugar era propicio, contábamos con la ventaja de altura en un paso estrecho que nos permitía cerrar la salida en parejas. Llego Gregor a tiempo de atender las heridas de Carcasa y también, jadeando, Felix ‘el gordo’ tras rodear el barranco, que se situó a mi derecha para ir eliminando bandidos metódicamente mientras salían por el agujero.
Permitid que me recree en el relato de este combate, no porque yo vaya a olvidarlo, sino porque no quiero que mis dedos perdidos queden sin el homenaje que merecen. Recordemos antes de continuar, que esta era una misión de infiltración, que si pensábamos ser tan poco sutiles, si pensábamos comportarnos como héroes con armadura, mejor hubiera sido acudir con la coraza puesta o al menos con una docena extra de Avispones. Otro error.
Pateé el suelo buscando aposentar los pies, sintiendo el cuerpo de Felix casi pegado al mío, –es inevitable con su volumen- sintiendo la espada como una prolongación de mi brazo, escudo en guardia baja con la punta del acero asomando entre Felix y yo, él con su pequeño escudo a la misma altura y la espada corta amenazando los ojos de los contrincantes. Y allí estaban ellos, dos tipos avanzando seguros hacia nosotros. No se porque esperaba un bravo tyroshy, pero el animal de barba rubia y ojos enloquecidos con un hacha enorme que me miraba fijamente se apartaba bastante de lo habitual en esa raza. Definitivamente no era tyroshy.
Travesón cruzado al pecho cuando prepara el hacha, abro la cota de malla y comienza a sangrar bajo el pezón, se enfada. Dejo pasar su tajo y que la fuerza del golpe lo desequilibre. Es rápido, esta preparado antes de que pueda volver a cortarle.
Paso atrás para esquivar un golpe dispuesto a abrir mi cabeza como un melón, coloco el escudo para molestar su vuelta a guardia y entro en distancia con un armado extraño desde mi izquierda, el tajo corta malla, cuero y carne en lo alto de su brazo, pero él no parece preocupado, sólo enfadado.
Ahora el que se preocupa soy yo, golpea de plano en mi casco, que retumba como la campana de la Madre, pero él no puede evitar que alcance desde abajo su antebrazo. Se enfada mucho. Siento la sangre caer desde mi nariz hasta la comisura de mis labios, el golpe en la cabeza ha sido brutal.
El tipo empieza a gruñir y sus ojos se inyectan en sangre, retrocede dos pasos y levanta el hacha sobre su cabeza. Aprovecho para mirar de reojo a Felix ‘el gordo’ y a su adversario, que prudentemente han salido del radio de acción de nuestro combate y se pinchan sin demasiada convicción esperando que los jefes resuelvan estas cosas ellos solitos. Viva la tropa que sobrevive.
Una mezcla de gruñido y risa histérica explota desde la garganta del gigante –en ese momento me parecía muy grande- y carga de frente presentándome su cuerpo para que lo pinche. Eso hago, una, dos, tres veces. El tipo sigue avanzando, sangrando entre carne y músculos desgarrados que veo palpitar en sus tripas, pero no parece importarle. Retrocedo un paso, es imposible aguantar la posición y coloco mi escudo inclinado para que resbale su golpe. Tarde. Medio escudo cae al suelo, con parte de mis dedos todavía sujetando la correa, le sigue un chorro de sangre que baña al gigante. Se ríe histérico. Siento como el hacha ha seguido su camino alcanzándome en la pierna. Cuando la retira, el dolor es insoportable y caigo al suelo; estoy extrañamente lúcido, aunque mi visión se nubla poco a poco. Entre las piernas del gigante veo al doctor al otro lado de agujero de salida –me alegro que haya venido con nosotros- y al bendito Carcasa preparado. El chico esta bien entrenado y supongo que la motivación hace el resto. Su segunda jabalina esta en el aire antes de que llegue la primera a su destino. Por un momento pienso que si mata al gigante rubio por la espalda caerá sobre mi y me aplastara. Vana esperanza. Cuando el animal siente el impacto y se vuelve a mirar a Carcasa, veo dos jabalinas clavadas en su espalda; no parecen molestarle lo más mínimo. Tendría que estar muerto, lo consideraré un error por su parte.
Dejo caer la cabeza, quedo mirando la escena con la mejilla apoyada en un suelo húmedo y caliente. Siento la empuñadura de la espada en mi mano derecha, todavía no la he soltado. Que raro, recuerdo a mi padre. Todo se ve desde un ángulo extraño. Si salgo de esta le pondré nombre a mi espada. Ahí están todavía, pegados a la correa del escudo. Mi espada se llamará ‘Cuatro dedos’. Ja, ja.

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