lunes, 9 de febrero de 2009

Aventuras y desventuras de dos hidalgos en Nueva Tierra.


CAPÍTULO PRIMERO; Donde se presentan algunos de los personajes principales y donde comienzan a apercibirse de las dificultades y peligros de esta Nueva Tierra.


Los rezos del pater habían cesado después de prima y el navío avanzaba impulsado solamente por los vientos calientes del sudeste. Se podía vislumbrar la línea de costa brillando bajo el sol como un manto verde esmeralda que se difuminaba entre el mar y el cielo. A los pies del castillo de proa dos jóvenes de buen ver discutían amistosamente junto a sus pertenencias preparadas como si el desembarco fuera inminente. Uno de ellos, que aparentaba menor edad, tal vez por su rasgos aniñados y un bigotito rubio apenas definido sobre la pelusilla de una mosca, jugueteaba con la empuñadura de su espada haciendo ademán de meterle mano y parecía relatar valerosos duelos; falsos sin duda, pues acababa de cumplir los diecisiete sin salir, hasta este viaje, de la Villa Real y del amparo de su familia. Se llama Pere, Pere Pau de Villseca, hijo del antiguo comendador de La Girona Don Joan Manuel y educado en la Escuela de Hidalgos como digno hijo de su padre.
El otro joven, en realidad cuatro días menor que Pere, aparentaba rondar la veintena, su pelo corto alejado de la moda y la austera vestimenta indicaban una procedencia más humilde que el anterior. Martín Araiztegui Bacigalupe alcanzaba el metro ochenta, una cabeza más alto que su compañero y portaba una anticuada espada afarolada colgando de un viejo tahalí de la Guardia Real, herencia de su padre, sargento mayor en servicio activo con toda esa tradición castrense a sus anchas espaldas.
Los dos amigos, amigos inseparables aunque se habían conocido en el barco unas semanas antes, sonreían confiados y emocionados ante la posibilidad que les abría la Nueva Tierra, un lugar donde empezar su propia vida y prosperar lejos de las intrigas de la corte que habían llevado a sus familias, por distintos motivos, a alejar a sus primogénitos de la capital. Ambos habían sido destinados como cadetes bisoños al Tercio del Principado al mando de Don Marcelo Casasnovas, uno de los Santos Barones.
Nueva Tierra, después de la revuelta de secesión, había sido parcelada y sus derechos otorgados a seis de los Santos Barones del reino, las nuevas regiones abarcaban toda la costa del Golfo Dorado e intentaban expandirse por el nuevo mundo desde las ciudades colonia recién edificadas como capitales de provincia.
Villa Novas era la capital del Principado de Nuevasturies, pero los apenas cinco edificios de piedra desilusionarían a los jóvenes aventureros que esperaban una llegada triunfal a la nueva capital de provincia. Villa Novas albergaba una población de apenas mil vecinos, apiñados entre un palacete fortificado y una empalizada de piedra y madera de cuatro metros altura que formaba un triángulo cuyos vértices eran el acuartelamiento del Tercio, el Mercado Central y la iglesia convento de Santa Teresa; el otro edificio de piedra, cercano al palacio de Don Marcelo era el Ayuntamiento, el resto de la población vivía en casas de madera, en seis distritos delimitados por las calles que formaban las bisectrices del triángulo hasta el palacio. Las tres puertas situadas en el centro de los lados eran la Puerta del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. De esta última salía la única carretera empedrada de la región que comunicaba la capital con el cercano puerto de Gozón, el séptimo distrito, situado a menos de trescientas varas y que, pese a su cercanía con la villa, los mercaderes allí aposentados reclamaban convertir en un pueblo con alcaldable.
A este puerto y a esta villa llegaron Don Pere y Don Martín con Maese Makita, que en calidad de ‘criado’ tenía el encargo de cuidar del joven señor de Villseca. Maese Makita era hijo de la media luna, como tan claramente su apellido indicaba, aunque su nombre de pila, Ricard señalaba su nacimiento cuando su padre servía como palafrenero Mayor del Comendador de La Girona.
Una vez en la playa, Maese Makita quedó encargado del traslado de las pertenencias de los dos amigos hasta el cuartel del Tercio cuando las desembarcaran, mientras los muchachos ansiosos, se encaminaban con ínfulas de exploradores propias de su edad, al bosque que bordeaba la playa prometiendo, por lo más sagrado, presentarse antes de la llamada de Vísperas.

Corrieron con las espadas golpeando sus caderas, se salpicaron y rodaron por el suelo, jugando hasta que la arena se entremezcló con la vegetación. De una especie de helechos oscuros y palmeras desperdigadas, en menos de lo que tarda en rezarse un Pater Noster, pasaron a encontrarse totalmente rodeados de vegetación exuberante, observando ensimismados las maravillas que aquel nuevo mundo ponía ante sus ojos. Un mono pequeño de morro azulado los sorprendió parándose ante ellos a dos pasos de distancia y sin mostrar ningún temor, casi jugando, se acercaba y alejaba arrojándoles unas frutillas lechosas mientras les enseñaba sus pequeños pero afilados colmillos. Intentaron rodearlo para atraparlo, pero el animal esperando al último momento, los esquivaba mientras les lanzaba las dichosas frutas, lo que servía de excusa para la mofa del compañero cuando el otro era alcanzado.
Pese a la multitud de sonidos que les rodeaba, un suspiro de quietud se lleno de silencio y el mono levantándose sobre las dos patas traseras saltó, tras un momento de escucha, a un árbol cercano. El cambio de actitud del animal, el repentino silencio y un instinto de conservación innato los hizo paralizarse y esconderse entre la tupida vegetación. En ese momento un hombrecillo silencioso como el diablo entro en el pequeño claro donde antes jugaba el mono.
Debemos decir que ni Pere ni Martín eran unos cobardes, ni se amedrentaban con facilidad pero en ese entorno extraño la reacción fue natural, como natural fue que se quedaran quietos y escondidos cuando vieron con detalle al personaje que preparaba a pisotones un espacio bajo un árbol para sentarse a esperar.
Era difícil saber si era indio o blanco, ya que su cara estaba surcada de dibujos horribles que le daban un aspecto terrorífico. Tenía las manos curtidas y sucias como las de un campesino pero sus dedos estaban cuajados de anillos de oro y piedras preciosas, llevaba un adorno de plumas multicolor colgando del cuello junto a una cruz dorada. Un machete de aspecto siniestro colgaba de un tahalí de arcabucero. Sacó un fruto amarillento de su zurrón y, con una navaja de resorte que apareció en su mano como por arte de magia, comenzó a comerlo despacito.
« ¡Don Paco! ¡Don Paco! Por vuestra vida haced un sonido para guiarme.»
Un alboroto y un voz afectada provenientes de la espesura, desde el lado contrario a donde estaban agachados; Pere y Martín se miraron interrogantes -¿Don Paco?-
« Don Paco se que estáis por ahí, pero no me aclaro en esta jungla maldita.»
« Por aquí caballerito – casi canto el hombrecillo con un deje del sur, mientras hacía desaparecer su navaja y se incorporaba – Por aquí zeñoritingo, ziga mi dulce voz cual alondra en la mañana.»
« Es el ruiseñor, Don Paco, el que canta en la mañana y el canto de la alondra es el que oiríamos a estas horas si estuviéramos en la santa Castilla. »
« Pero vos no eztaríais donde eztáis ni yo haría lo que hago.»
Y los dos hombres, sin dejar de mirarse a los ojos, se hicieron una reverencia digna de la corte del Católico Felipe.
« Cómo puede zer que zu zeñoría sea incapá de encontrá ezte lugar a ezcasos cien pazos de la playa.»
« Estoy aquí ¿no es verdad Don Paco?»
« Como otra tantas veces y nuestro trato zigue en vigor azí que podéis apartá la mano de eze piztolón.»
« No me fío de vos Don Paco, sólo de vuestros informes. Y este ‘pistolón’, como vos lo llamáis, es una maravilla que el relojero del Barón ha construido para mi con llave de silex.»
« Imprezionante, pero podría degollaros como un cerdo antes de que zacarais se chisme.»
« Dejémoslo en que podríais intentarlo. ¿Lo tenéis?»
« Lo tengo… como ziempre.» Y extrayendo de su zurrón un paquete cubierto de una piel impermeabilizada lo entrego al caballero tapado.
«Id con Dios» Le respondió con intención «Y aquí tenéis algo para los gastos.»
Tras este intercambio volvieron a hacer una ceremoniosa reverencia y el caballero retrocedió hasta la espesura, avanzando de espaldas en dirección a Pere.
«Andái en direción contraria y no creo que durarais mucho en la ezpesura. Xacto, ziga por ahí.», y tras el bufido de contestación del caballero embozado, el personajillo volvió a sentarse a esperar de nuevo.
Pasaron los minutos y los dos amigos comenzaron a impacientarse y mediante señas decidieron retroceder. Aunque el ruido que hicieron fue mínimo, fue suficiente para que el tal Don Paco alzara la cabeza y mirara fijamente a su posición. Incorporándose llevó los dedos a la boca y silbó como un pájaro exótico. El tiempo se detuvo mientras Don Paco escudriñaba la espesura.
Martín intuyó, más que vio, una presencia a su espalda, se lanzó a un lado y un filo rozó su antebrazo. Pere se incorporó empujando al fulano que había quedado desequilibrado tras el tajo. El tipo cayó al suelo, los dos amigos se miraron, miraron a Don Paco que avanzaba hacia a ellos con el machete en la mano y miraron a la espesura donde se oían los ruidos de más gente acercándose.
« ¡Corre! » Y los dos compañeros emprendieron una poco digna huida selva a través. «¡Pero hacia dónde vamos!» Un rufián malencarado apareció de repente entre los dos compañeros y mirando a uno y otro lado se encaró con Pere que llegaba rezagado, blandió su machete con un violento ante la carga desesperada del joven, rompiendo su arma en la parada pero sin poder evitar que el resto de la hoja, sin control, le entrara por la garganta. Y allí se quedó con empuñadura y todo, pues Pere no miró atrás para comprobar el resultado.
Los jóvenes habían desembarcado hacia Sexta y a Vísperas corrían por la jungla perseguidos por los sicarios de un tal don Paco, que tenía aspecto de todo menos de hidalgo. Pero se dice que la fortuna sonríe a los que menos entendimiento tienen, así que, sin menoscabar sus capacidades intelectuales diremos simplemente que corretear por una jungla desconocida nada más llegar a un lugar no puede ser considerado una buena idea. Sin embargo salieron con bien de la aventura y un tanto avergonzados por su comportamiento, que si no de cobarde si podía calificarse como de precavido; aunque Maese Makita merced a su paciencia y conocimiento del género humano, emborrachó al señor de Villseca una noche, si que pudo componer la estampa tal y como los muchachos recordaban.

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