martes, 24 de febrero de 2009

Aventuras y desventuras de dos hidalgos en Nueva Tierra.

CAPÍTULO TERCERO; Descríbese en él como los dos amigos concluyen su duelo y encuentran el hilo de la madeja que constituye la base de esta historia y comienzan a tirar de él.

Las seis campanadas de la Hora del Hombre sonaban en el reloj del Ayuntamiento justo después de la llamada a Prima de la Iglesia-Convento, cuando Pere y Martín terminaban de rodear la ermita de Santa Teresa. Entre la neblina se encontraban sus dos oponentes, Don Gonzalo que de rodillas se encomendaba al Señor y su compañero acariciando, con aire ausente, un magnifico ruano que pacía junto a un semental andaluz.
El Católico Felipe había prohibido los duelos en todo su Imperio, siendo las leyes muy poco indulgentes en tiempos de guerra, que para gloria Nuestra eran casi todos. El destierro era causa común entre los nobles si contrariaban esta disposición y aun peor si reincidían o si se provocaba la muerte del oponente. En estas nuevas tierras el castigo era contundente, incluso cruel, pues los Gobernadores no estaban en disposición de perder hombres, gentiles o villanos, de los que tan escasos se hallaban. Los duelos seguían produciéndose, carácter de raza, pero se evitaba la proliferación de padrinos, doctores o barberos, asistentes y curiosos que pudieran hacer llegar la noticia a oídos poco adecuados. Así los cuatro caballeros, solos, intentaban aposentar sus pies en el húmedo suelo y se disponían sin cortesías ni saludos, a los que somos tan aficionados en la actualidad, a ‘zurrarse la badana’ como vulgarmente se dice.
Don Gonzalo aposentó su guardia en ‘ángulo recto’, con el brazo armado y sus piernas extendidos, buscando el medio de proporción con Don Pere, pero este respondió colocándose en la guardia conocida como ‘puerta de hierro’, con las piernas flexionadas, el codo armado doblado y con su daga de vela completando un semicírculo con sus brazos, mientras su oponente mantenía la daga cruzada y arrimada al pecho. Por su parte Don Martín se mantenía con la rodela en alto y su vieja espada afarolada bajo ella frente a Don Alfredo, que como le había anunciado De la Jay, empuñaba un enorme montante con los gavilanes incurvados hacia la punta.
« Don Gonzalo es un consumado espadachín pero no improvisa, siempre ejecutará la respuesta prevista para una acción, pero endiabladamente rápido.» Las palabras del mulato resonaban en la cabeza de Pere cuando se decidió por una encadenada inferior iniciando atajo con la espada, y aunque esperaba una toma de hierro en oposición, el diestro realizó un atajo exterior sobre su hierro desplazándose a su derecha y lanzando un medio tajo por debajo de su daga. Tal vez la respuesta en tiempo más difícil de ejecutar, pero era previsible y aunque sintió como el acero mordía su coleto no pudo evitar sonreír.
Martín entraba y salía de la distancia de su oponente buscando una fijación con la rodela y ejecutando compases transversales combinados con estocadas de puño, pero Don Alfredo era rápido y diestro y pese a descargar tajos y reveses de gran contundencia recuperaba la guardia con eficacia. El mulato le había provisto de una rodela de madera chapada en acero en vez de la habitual totalmente metálica recomendándole que, pese a todo, terminara de concluir la treta con la punta.
Don Gonzalo y don Pere jugaban dando vueltas cruzando los aceros en frases de armas que parecían clases de esgrima en una sala. Apenas se rozaban a la búsqueda de un tiempo perdido del contrincante. Pere dibujaba la respuesta de Don Gonzalo en su mente, pero este era lo suficiente rápido para impedir un contraataque digno, aunque se mostraba poco imaginativo para romperle la guardia al joven que picoteaba a su alrededor.
La otra pareja alternaba momentos de calma y preparación con estallidos de energía que duraban unos segundos. Finalmente Don Alfredo descargó su montante con un medio tajo, pero al interponer la rodela de canto este quedó enganchado rompiendo la madera, lo que aprovechó Martín para efectuar un compás recto y con un armado extraño de su espada, que partía casi de una parada en prima, trasladó todo el peso de su cuerpo para ejecutar un revés horizontal que rasgó cuero y carne y en tanto que don Alfredo retrocedía, presionó con un movimiento de reducción que condujo su espada de vuelta con un medio tajo horizontal, cortando carne y entrañas al deslizarse un palmo de filo de acero por el estómago.
El gruñido de dolor separó a la otra pareja contendiente, y don Gonzalo bajando su guardia corrió junto a don Alfredo que taponaba la herida de su bajo vientre con ambas manos. Don Martín se adelantó hacia ellos y levantó ligeramente la espada mirando a los ojos del moribundo. « A fe mía que el tajo horizontal tiene su utilidad…» dijo este «…pero no es una treta de caballeros.» E inmediatamente cerró los ojos con una sonrisa sangrante en el rostro.
« ¿Queréis que avisemos a alguien? » dijo don Pere. «En la puerta del Padre, hay un hombre junto a una mula, decidle donde nos encontramos.»
Aunque con el paso de los años los dos jóvenes se acostumbrarían a convivir con la muerte cara a cara, en esa primera ocasión necesitaron de unos tragos que acallaran momentáneamente sus conciencias. Y, aunque no muy sobrios se dirigieron al cuartel, entraban de servicio en Nona, casi contentos de tener una tarea en la que centrar sus pensamientos.

Sebastián Martínez de Pinillos ostentaba un improvisado grado de Sargento de Guardia desde el desastre de la Mina de Aruca, de su mano izquierda sólo quedaban tres dedos y todavía cojeaba de una pierna ayudado por un bastón que blandía como vara de alguacil. Rondaba los cuarenta, de gran porte y con el semblante serio, se ocupaba de organizar las rutinas diarias de su capitanía, que era como decir de toda la Villa, asumiendo más y más responsabilidad merced a una cualidad impagable en un soldado: no dormía, con lo que siempre estaba disponible y atento a todo lo que sucedía en Villa Novas. Su secretario, fray Jacinto, un personajillo con una pequeña pero importante parcela de poder, era temido y odiado por todos gracias su facilidad para cuadrar las tablas de destinos de acuerdo a sus intereses, que solían coincidir con el color de la plata de sus continuos nuevos amigos.
Martín y Pere se presentaron circunspectos y un poco tambaleantes ante don Sebastián y este, al verlos en esas condiciones, sonrió ligerísimamente entornando sus ojos azules y cambió las asignaciones sobre la marcha. « Doble turno hasta Prima en la poterna de San Cristóbal. Media escuadra. Don Pere, don Martín, don Pablo, que quedará al mando… tu y tu. » Hacía referencia a dos bravos andaluces, Gastón y Fernandito, que como en otras ocasiones volvían de alguna pelea de taberna con las ropas y las caras destrozadas.
« Disculpad señor.» Intervino fray Jacinto, «pero la barbacana del puerto puede ser una guardia mejor para estos hombres, la poterna estaba asignada desde…»
« En San Cristóbal no se puede dormir».
« Si pero… »
« Tal vez tengáis que devolver algún dinero si cambio las guardias, pero podré soportarlo.» Las risotadas de Gastón y Fernandito fueron acalladas al obtener un turno extra recogiendo abono en las caballerizas.
El acuartelamiento de Tercio fue el primer edificio que se construyó en estas nuevas tierras, un castillo de planta triangular al que se habían añadido don alas que formaban parte de las murallas de la ciudad. La poterna de San Cristóbal estaba en un torreón de piedra junto al cuartel y la pequeña puerta reforzada era el único acceso a la ciudad cuando se cerraban las Santas Puertas, de Completas a Laudes. Además controlaban los tiempos de ronda y guardia de las patrullas de la ciudad que en horas alternas hacían acto de presencia en San Cristóbal. También era el calabozo nocturno de alborotadores y maleantes de modo que, entre unas cosas y otras, era una de esas guardias odiadas porque no se podía descansar y mucho menos dormir.
Y así los cinco compañeros se turnaban en lo alto del torreón, el Muro de Arenas controlando los relojes de cada guardia y las poternas, una interior y otra exterior. Intentando mantenerse despiertos, pues excepto don Pablo todos se hallaban todavía perjudicados por los efluvios espiritosos y los excesos anteriores.

Pasaban Maitines cuando dos caballeros se acercaron por el interior a San Cristóbal, ambos embozados hasta los ojos y con sombrero de ala ancha. Con el arcabuz en la mano Pere les salió al paso «¿Quién vive?»
« San Joseph carpintero…» La voz del embozado despertó en Pere un segundo de recuerdos no definidos, conocía esa voz. Apareció don Pablo tras él con la mano en la empuñadura.
« Embozados intentando salir de la ciudad sin saber el Santo y Seña, mala cosa señores, descubríos.»
En efecto el Alguacil de Puertas había transmitido ‘patientia mea’ como contraseña para abandonar la ciudad. Los tapados se miraron realmente sorprendidos.
« Debéis saber señores, que necesitamos abandonar la ciudad por causas de fuerza mayor a la necesidad del virreinato y que fray Jacinto nos indicó estas palabras para flanquear la poterna sin problemas, y que pensamos salir de ella lo tengan a bien vuestras mercedes… o no». Y según pronunciaban estas palabras se desembozaron de sus capas mostrando un enorme pistolón de silla el más alto y una preciosa pistola con llave de silex el que pronunció la contraseña, que ahora encajaba con claridad en los recuerdos de Pere.
« Si damos voces de alarma nunca atravesaréis las puertas…» dijo calmado don Pablo, «…así que apartad la mano de las pistolas e intentemos desfacer este equívoco como caballeros.» El más grande se quedó en segundo plano mientras el otro avanzaba hacia don Pablo y haciendo un aparte cuchicheó con él y le enseñó una carta que consiguió hacer brillar la duda en sus ojos.
Finalmente don Pablo se reunió con Pere y Martín que había bajado del Muro de Arenas « Me han dado su palabra de caballeros de que sus intenciones son honestas y me ha enseñado un salvoconducto para acceder esta noche a la Santa Catalina. Si quisieran entrar en la ciudad… pero salen de ella… ¿qué hacemos?»
El Santa Catalina era un enorme galeón anclado en el fondeadero de Gozón, junto con sus gemelos el Santa Marta y El Católico, con más de 1000 toneladas, 200 pies de eslora, cinco cubiertas y cuatro mástiles con la contramesana, eran el orgullo de la Armada. Dotados de cincuenta cañones, 300 Guardias Imperiales, veinte Capellanes de Batalla y un Obispo redivivo era la máquina de guerra más formidable ideada por el hijo de Dios y los tres cubrían la ruta entre la Nueva Tierra y el Imperio, cargaditos de plata, cobre, oro, índigo y tabaco, protegiendo a la flota independiente que se unía a ellos, tras recaudar en provincias. El Santa Catalina cargaba en los Principados de Nuevasturies y Cartagena y se reunía con sus hermanos en el puerto de Navidad tras separarse de las balandras de la Guardamarina para enfilar rumbo a Cádiz.
Los dos embozados cruzaron las poternas con los caballos de las riendas y se perdieron en la oscuridad dirección a Gozón.
« Lo has reconocido ¿cierto?» Martín se dirigió a Pere que asintió. «Deberíamos informar a don Sebastián, esta historia misteriosa no me gusta nada. Seguro que vuelve a aparecer el tal don Paco.»
Interrumpe don Pablo.«¿Qué historia misteriosa? ¿Quién es don Paco? Y de avisar al sargento, nada de nada. A estas horas no pasaríamos de fray Jacinto, y estos tienen su salvoconducto. »
« Entonces tendremos que averiguar que traman.» Sonríe Pere. «Vamos a perseguir malandrines.»

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