viernes, 14 de junio de 2013

La Fabulosa Trouppe de Maese Ahuete (Prólogo)


PRÓLOGO

El cruce de caminos de Arreviva.


 Era una de esas noches de tormenta, una noche perfecta para quedarse calentito bajo techo y dedicarse a entretejer una buena historia, de esas que hacen que las palabras enreden los sueños de una moza y te sonría con los ojos brillantes por el fuego y la aventura, mientras te sirve un vaso de vino caliente con miel al calor de la chimenea.
 Y sin embargo el chico estaba sentado en un cruce de caminos a cien leguas de la posada más cercana, bajo un aguacero pertinaz desde hacía horas, con una tiritona inmóvil, la mirada perdida y las manos sujetando empecinadas un fino capote, inútil frente a una lluvia constante que lo había calado hasta los huesos.
Los cruces de caminos bajo el imperio habían sido lugares de encuentro y abrigo, con su obelisco tallado que indicaba las direcciones y las distancias; en ellos siempre podía encontrarse un edificio de piedra, un refugio donde intercambiar noticias, caballos de refresco o  esperar a un grupo de caminantes a los que sumarse para viajar en segura compañía. Pero los tiempos del Imperio habían pasado, y los vecinos cercanos al cruce de caminos de Arreviva se habían hecho con los bloques de piedra de la casa de postas para sus propios refugios y sólo quedaba el viejo obelisco quebrado y desnudo. Un obelisco y un chico empapado sentado en su pedestal.
El primer carromato pasó de largo sin ver al chico, o simplemente ignorándolo, pero el segundo se detuvo. Eran dos viejos vagones de suministros del ejército, hinchados por cientos de cachivaches colgantes y pintados de colores brillantes, rojo y oro. Si la lluvia lo hubiera permitido podría leerse en su costado en letras grandes y recargadas “La Fabulosa Trouppe del Maestro Ahuete” y debajo, con una letra más modesta, “Herederos de la más sublime tradición del Teatro Verdadero” y más abajo aún “Comedias de magia y figurón, tragicomedias satíricas, farsa histórica, mojigangas románticas y sainetes épicos”, a los que una mano posterior había añadido unos puntos suspensivos como queriendo abarcar todos los géneros habidos y por haber.
De este segundo vagón descendió un individuo de porte atlético, con calzas bicolor, una cota de cuero tachonado, agarrando el pomo de una larga espada de gavilanes recargados. Se acercó al chico bajo la lluvia, que parecía no haberle visto y se agachó frente a él.
      Eh, qué haces aquí. ¿Estás bien?
Poco a poco la mirada de chaval se centró en su interlocutor y cuando fue capaz de enfocarla dio un respingo e hizo ademán de levantarse. La cara del espadachín del carromato se deshacía bajo la lluvia como cera derretida en blanco, negro y rojo, transformando su sonrisa tranquilizadora en una mueca monstruosa.
      Tranquilo chico, no voy a hacerte daño.
Pero el joven ya se había levantado e intentaba poner el obelisco entre ambos para protegerse. Durante unos instantes se mantuvo el juego dando vueltas, pero el chico cojeaba sobre el lodazal y no fue capaz de evitar que el otro le cerrara el paso.
      ¿Qué te pasa chico? No te asustes —y levantó las manos en un gesto conciliador—. ¿Ves? No tienes nada que temer…
 En ese momento el chico se lanzó a la desesperada y cogió desprevenido al monstruoso espadachín de la cara desfigurada. Ambos rodaron abrazados por el barro, pero las fuerzas eran desiguales y al momento el joven estuvo inmovilizado.
      Tranquilo chaval, vas a hacerte daño. 
Al chico le parecía oír risas provenientes de los extraños vagones, de los que descendió otra figura, más bajita que el tipo que lo tenía inmovilizado y bastante más rechoncha. Se arrodilló junto a ellos, acariciando su barbita con una mano y rascándose uno de los cuernecillos que adornaban su frente con la otra. Con una sonrisa beatífica que enseñaba unos afilados colmillos se acercó a la cara del chico y le dijo:
      ¿Has oído el cuento del niño encontrado por una elfa del bosque en un cruce de caminos, qué resultó ser un príncipe? Pues aquí tenemos una nueva e interesante versión de la historia en la que puede que tú seas un príncipe, pero yo desde luego no soy una de esas viejas rameras.
Y el chico se desmayó. Y los carromatos de la trouppe dejaron atrás el cruce de caminos de Arreviva llevándolo con ellos.


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